Javier Antonio Torres-Vindas
Doctor en investigación y sociólogo
Escuela de Ciencias de la Administración
Universidad Estatal a Distancia, Costa Rica
https://orcid.org/0000-0002-0130-5979
Escenario presente
El presente documento analiza la coyuntura política y económica de Costa Rica plausible para los próximos 6 meses (abril-octubre 2026). El país enfrenta un escenario de alta complejidad caracterizado por un shock externo severo (el cierre del Estrecho de Ormuz tras la escalada militar entre Israel, Líbano e Irán) y un momento crítico de política interna; el traspaso de poderes del próximo 8 de mayo a la presidenta electa Laura Fernández.
La nueva administración deberá gestionar simultáneamente presiones inflacionarias importadas, un perfil de deuda pública exigente (>60% del PIB), y un entorno legislativo fragmentado que requerirá alta capacidad de negociación para aprobar medidas de contingencia.
Puntos críticos del contexto internacional para Costa Rica
A menudo, los conflictos geopolíticos suenan como ecos lejanos que solo ocupan los titulares de las noticias internacionales. Sin embargo, en un mundo hiperconectado, el cierre del Estrecho de Ormuz no se queda en el Medio Oriente; viaja miles de kilómetros hasta colarse en la mesa, el bolsillo y el futuro de las familias costarricenses. Para entender la verdadera magnitud de esta crisis, es necesario dejar de lado por un momento los gráficos macroeconómicos y mirar cómo estos cuatro canales de transmisión alteran la vida cotidiana en Costa Rica.
Costa Rica tiene la particularidad de no producir una sola gota de petróleo, lo que nos hace dependientes al cien por ciento de lo que RECOPE logre comprar en el extranjero. Cuando el precio del crudo se dispara por el conflicto, el impacto no se queda en las oficinas de ARESEP; se traslada directamente al agricultor en Pérez Zeledón que necesita diésel para sacar su cosecha, o al trabajador josefino que ve cómo el pasaje del bus amenaza con subir. Además, hay un efecto silencioso pero crítico: la electricidad. Aunque nos enorgullece nuestra matriz verde, la sequía provocada por el fenómeno de El Niño ha obligado al ICE a encender las plantas térmicas. Si el búnker y el diésel que usan estas plantas se encarecen, el recibo de la luz de cada hogar y pequeña empresa inevitablemente subirá, asfixiando aún más los presupuestos familiares.
El canal logístico suena a un problema de barcos y contenedores, pero en realidad es un problema de empleos y comida. Las zonas francas, que son el motor del empleo formal de calidad en provincias como Alajuela y Heredia, dependen de piezas y materias primas que cruzan los océanos. Si los fletes se encarecen y los seguros marítimos se disparan por el riesgo de guerra, una fábrica de dispositivos médicos podría verse obligada a frenar sus líneas de producción, poniendo en pausa los turnos y los ingresos de miles de operarios. Por otro lado, este atasco logístico encarece todo lo que importamos: desde los medicamentos en la farmacia hasta los alimentos procesados y la tecnología. Es un "impuesto invisible" que castiga con mayor crueldad a los hogares de menores ingresos, empujando la inflación justo cuando el país empezaba a respirar tranquilo.
El canal financiero es quizás el más complejo de explicar, pero uno de los que más asusta a la clase media. En tiempos de guerra e incertidumbre global, los grandes inversionistas entran en pánico y buscan refugio en lo seguro, llevándose su dinero hacia el dólar estadounidense (lo que los economistas llaman flight to quality). Al salir los dólares de economías emergentes como la nuestra, el colón pierde valor. Para la familia que tiene un préstamo de vivienda o de vehículo en dólares, pero gana en colones, esto significa que su cuota mensual se vuelve más pesada de la noche a la mañana.
A nivel país, el escenario es igual de tenso: el Ministerio de Hacienda y el nuevo gobierno de Laura Fernández tendrán que pagar intereses mucho más altos para financiar la enorme deuda pública, lo que significa que habrá menos dinero disponible para arreglar escuelas, abastecer hospitales o invertir en seguridad ciudadana.
Finalmente, el canal turístico golpea el corazón de nuestras zonas costeras y rurales. El turismo no solo es nuestra principal fuente de dólares, sino el sustento de miles de guías, cocineros, transportistas y dueños de cabinas en Guanacaste, Puntarenas y Limón. El problema es que los aviones vuelan con jet fuel, un derivado directo del petróleo. Si el combustible se vuelve impagable, las aerolíneas internacionales se verán obligadas a subir drásticamente el precio de los boletos o a cancelar vuelos hacia destinos largos como Costa Rica.
Para una familia europea o estadounidense que enfrenta su propia crisis económica, unas vacaciones en nuestro país podrían pasar de ser un plan a un lujo inalcanzable. Menos turistas caminando por nuestras playas y parques nacionales se traduce, casi de inmediato, en desempleo y desesperanza en comunidades que no tienen otra industria a la cual aferrarse.
Detrás de cada punto porcentual de inflación o caída del PIB, hay historias humanas. La tarea del nuevo gobierno no será solo cuadrar los números del Banco Central o de Hacienda, sino tener la empatía y la agilidad para proteger a las personas que están al final de esta cadena de impactos globales.
Transición de gobierno y equilibrio de poderes
El próximo 8 de mayo, cuando Laura Fernández reciba la banda presidencial, no habrá espacio para la tradicional "luna de miel" política. La nueva mandataria asumirá el timón de un país que navega directamente hacia una tormenta global perfecta. Sus primeros cien días en la Casa Presidencial no estarán marcados por el corte de cintas o la planificación pausada, sino por la urgencia de apagar incendios que comenzaron a miles de kilómetros de distancia. La gestión de esta crisis definirá el tono de su cuatrienio, obligándola a tomar decisiones dolorosas y rápidas para proteger a las familias costarricenses del impacto del encarecimiento global.
En este escenario de emergencia, la Asamblea Legislativa se convierte en el verdadero cuarto de máquinas del país. A diferencia de administraciones anteriores, el nuevo gobierno entra con una ventaja histórica: una mayoría oficialista absoluta. Con los 31 diputados del Partido Pueblo Soberano y la alianza con un legislador independiente, Laura Fernández cuenta con 32 votos directos. Esto le otorga una "vía rápida" para aprobar, sin depender de la oposición, medidas urgentes a nivel interno. Lo que está en juego es la aprobación expedita de presupuestos extraordinarios de contingencia para que el Estado siga funcionando, subsidios urgentes para que los hogares más pobres puedan seguir pagando el pasaje del bus, e incluso reformas a la fórmula con la que ARESEP calcula el precio de la gasolina para darle un respiro al bolsillo de los trabajadores.
Sin embargo, el poder de esta aplanadora legislativa tiene un límite crítico: la deuda externa. Para autorizar la búsqueda de dinero prestado en el extranjero —vital en un mundo donde el crédito se ha vuelto carísimo— la Constitución exige 38 votos. Es aquí donde el oficialismo no podrá actuar solo y tendrá que sentarse a negociar los 6 votos faltantes con una oposición liderada por Liberación Nacional (16 diputados) y el Frente Amplio (7). En estas votaciones específicas, la parálisis política o el revanchismo partidario se pagarán directamente con el sufrimiento de la gente.
Mientras los políticos debaten estos créditos, el Banco Central de Costa Rica (BCCR) enfrenta un dilema que quita el sueño: cómo proteger el valor del dinero que los costarricenses llevan en la billetera. Por un lado, la crisis global empuja los precios de todo lo importado hacia arriba (inflación), y por otro, el pánico internacional hace que los dólares se vayan del país, amenazando con disparar el tipo de cambio.
Si el BCCR interviene con demasiada fuerza subiendo las tasas de interés para frenar esto, corre el riesgo de asfixiar a las pequeñas empresas y a las familias que tienen deudas, frenando el crecimiento del país y destruyendo empleos. Aunque el país cuenta con reservas internacionales —una especie de "cuenta de ahorros" para emergencias—, este colchón no es infinito. El Banco Central tendrá que caminar sobre la cuerda floja, sabiendo que un paso en falso significa que la quincena de los ciudadanos alcance para mucho menos.
Finalmente, el Ministerio de Hacienda tendrá que hacer magia con una billetera nacional que ya estaba casi vacía. Costa Rica arrastra una deuda pública que supera el 60% de todo lo que produce el país (PIB). Como el mundo está en crisis, los inversionistas internacionales cobrarán intereses mucho más altos por prestarnos dinero en este segundo semestre.
Esto se traduce en una realidad muy cruda: cada colón extra que el gobierno tenga que destinar a pagar esos intereses más caros, es un colón que se le quita a la reparación de escuelas, a la compra de medicinas en la CCSS o a la seguridad en nuestros barrios. El nuevo equipo económico de Laura Fernández tendrá la ingrata tarea de sentarse nuevamente con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para sincerar los números, admitir que las metas fiscales previas son inalcanzables bajo este nuevo orden mundial, y buscar un respiro que evite castigar a la población con más recortes o impuestos en el peor momento posible.
Actores clave en las próximas semanas: coaliciones y tensiones
Una definición mínima de actor es un locus de acción y decisión, que puede ser individual o colectivo, que tiene intereses, cuotas de poder, que además puede ejercer o no protagonismo en distintos escenarios. Con la capacidad de aliarse o coligarse según las oportunidades políticas del momento. Según lo expuesto identifico tres bloques posibles de alianzas entre actores.
La "aplanadora" oficialista y la gestión rápida de la crisis, a diferencia de gobiernos anteriores que debían rogar por cada voto, Laura Fernández entra a la crisis de Ormuz con un escudo legislativo poderoso. Con 32 votos asegurados en la bolsa, el Ejecutivo y su bancada (Pueblo Soberano + el independiente) forman un bloque hegemónico. Esto significa que el gobierno puede aprobar de forma rápida y sin necesidad de la oposición los presupuestos extraordinarios para contingencias, reformas a la fórmula de ARESEP, o recortes al gasto público. En el manejo interno de la crisis, el Ejecutivo tiene vía libre para actuar, lo que le da una agilidad enorme para responder a los shocks de precios en sus primeros 100 días.
El "Talón de Aquiles" de los 38 votos: la deuda externa, aunque el oficialismo tiene mayoría absoluta para leyes ordinarias, la crisis global exige refinanciar la deuda pública que supera el 60% del PIB. Para aprobar créditos internacionales (eurobonos o préstamos con multilaterales) la Constitución exige mayoría calificada: 38 votos. Es aquí donde el poder hegemónico de Fernández encuentra su límite. Le faltan 6 votos. La oposición, conformada por un PLN herido (ahora con 16 diputados) y el Frente Amplio (7 diputados), usará este requerimiento de 38 votos como su principal (y casi única) herramienta de negociación real. Si el gobierno necesita dólares baratos del exterior para evitar que el tipo de cambio se dispare, tendrá que ceder ante las demandas del PLN o del FA.
El desplazamiento de la oposición hacia las calles, al quedar la oposición política (PLN, FA) reducida a una minoría sin capacidad de frenar leyes ordinarias, la verdadera tensión se trasladará fuera del Congreso. Los sectores que se sientan atropellados por las medidas rápidas del gobierno —como los transportistas asfixiados por el diésel, los agricultores, o los sindicatos opuestos a recortes— sabrán que no pueden depender de la Asamblea Legislativa para frenar al presidente. Esto aumenta drásticamente la probabilidad de que la "Alta Oposición" se manifieste a través de huelgas, bloqueos de carreteras o protestas sociales, convirtiendo la calle, y no el plenario, en el principal contrapeso del gobierno de Fernández.
El mapa ilustra la nueva dinámica de poder en Costa Rica frente a la crisis global, dividiendo la "arena central" de decisiones en dos grandes bloques.
- A la izquierda, el Bloque Oficialista (Azul) se consolida como una fuerza hegemónica sin precedentes: el Poder Ejecutivo y su equipo económico cuentan con el respaldo incondicional de 32 diputados (Pueblo Soberano más un independiente), lo que les otorga una "vía rápida" para aprobar medidas internas y presupuestos sin negociar.
- A la derecha, el Bloque Opositor (Rojo) muestra a una oposición legislativa (PLN, FA, PUSC, CAC) que, al estar neutralizada para frenar leyes ordinarias, concentra todo su poder en la línea de tensión central: la exigencia constitucional de 38 votos para aprobar deuda externa.
- Esta falta de poder de veto de la oposición en el día a día provoca un efecto cascado hacia abajo, empujando a los actores sociales (sindicatos, transportistas y agricultores) a desplazar su resistencia fuera del Congreso, convirtiendo las calles en el principal contrapeso frente a las decisiones rápidas del gobierno. Mientras tanto, actores periféricos como el FMI, los mercados y el sector privado observan y presionan desde los márgenes, condicionando el margen de maniobra de ambos bloques.
Posibles escenarios para los próximos 6 meses
Frente a la incertidumbre de una guerra al otro lado del mundo, el futuro económico de Costa Rica para este 2026 no está escrito en piedra, pero se dibuja en tres posibles caminos. Detrás de los porcentajes y las proyecciones, lo que realmente está en juego es cómo vivirán las familias costarricenses los próximos meses, qué tan pesada será la quincena y cuánta paz mental tendrán en sus hogares.
- El primer camino es el escenario para el cual el gobierno de Laura Fernández y las familias deben prepararse hoy mismo. Aquí, el conflicto en Medio Oriente no se descontrola por completo, pero tampoco se resuelve; se convierte en una tensión larga y desgastante. En la vida real, esto significa que el barril de petróleo se estanca en precios altos (entre $95 y $115). Para el costarricense de a pie, esto se traduce en un golpe directo al tanque de gasolina y al pasaje del bus, que podrían subir hasta un 18%. La inflación cerraría el año rondando el 6%, lo que significa que el carrito del supermercado se llenará con menos productos por la misma cantidad de dinero. En nuestras costas, los hoteles no quedarán vacíos, pero la llegada de turistas caerá moderadamente; habrá menos "propinas" y menos horas extra para los saloneros, guías y transportistas. Será un año de estirar el salario, recortar los pequeños lujos y sobrevivir con cautela.
- El segundo camino, aunque no es el más probable, es el que quita el sueño a las autoridades. Si el conflicto militar escala y otros países entran en la guerra, el precio del petróleo podría romper la barrera de los $130. Si esto ocurre, el impacto en Costa Rica sería devastador. El colón sufriría una devaluación violenta, asfixiando de la noche a la mañana a miles de familias y pequeñas empresas que tienen deudas en dólares. La inflación se dispararía por encima del 8%, un nivel donde ya no se trata de recortar lujos, sino de que muchas familias tengan que decidir entre pagar el alquiler o comprar comida. A nivel país, el gobierno caería en una crisis fiscal profunda al no poder pagar los altísimos intereses de la deuda pública, lo que podría obligar a paralizar ayudas sociales (como las del IMAS) justo cuando la gente más las necesita. Sería un escenario de angustia social profunda y un inicio de gobierno sumamente turbulento.
- Finalmente, existe una luz de esperanza, aunque es el camino menos probable en este momento. Este tercer escenario depende de que la diplomacia internacional triunfe rápidamente y el Estrecho de Ormuz vuelva a abrirse en cuestión de semanas. Para Costa Rica, esto significaría pasar por un "susto" fuerte durante mayo y junio, pero con la tranquilidad de ver cómo los precios de los combustibles y los fletes comienzan a desinflarse para el mes de julio. El impacto en el bolsillo de las familias sería temporal y manejable. El turismo lograría recuperarse a tiempo para la segunda mitad del año, salvando los empleos en las zonas costeras, y el nuevo gobierno podría dejar de apagar incendios para enfocarse, finalmente, en las promesas y proyectos por los cuales fueron elegidos. Es el respiro que el país anhela, pero sobre el cual no puede confiarse a ciegas.
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