miércoles, 29 de abril de 2026

El fuego de Ormuz llega a San José

 

Javier Antonio Torres-Vindas

Doctor en investigación y sociólogo

Escuela de Ciencias de la Administración

Universidad Estatal a Distancia, Costa Rica

jorres@uned.ac.cr

 https://orcid.org/0000-0002-0130-5979

 

Hay semanas que no se parecen a ninguna otra. Esta es una de ellas. En menos de cuarenta y ocho horas, el mapa geopolítico que Occidente había administrado con relativa comodidad durante tres décadas mostró sus costuras más profundas. Israel decidió ignorar la diplomacia de Washington y lanzó una ofensiva terrestre sobre el sur del Líbano. Irán respondió con el único instrumento que ningún tratado puede neutralizar: cerró el Estrecho de Ormuz. Veintiún millones de barriles de petróleo dejaron de fluir hacia los mercados globales en cuestión de horas. China exigió la retirada inmediata de las fuerzas israelíes. Europa se partió en dos entre quienes piden sanciones y quienes guardan silencio. Y la Casa Blanca, paralizada entre su complejo militar-industrial y su propio desprestigio, observó sin actuar.

Para muchos costarricenses, estos eventos suenan lejanos, casi abstractos, como si ocurrieran en otro planeta. Pero no ocurren en otro planeta. Ocurren en las arterias del sistema económico global del que Costa Rica depende de manera estructural para importar combustibles, sostener sus zonas francas, financiar su deuda pública y mantener el tipo de cambio que protege el poder adquisitivo de sus familias. Lo que arde en el Mediterráneo oriental tiene temperatura propia en San José, Limón, Cartago y Liberia. Y conviene entender por qué antes de que los efectos lleguen sin previo aviso.

Este artículo no pretende predecir el futuro con precisión quirúrgica. Pretende algo más modesto y urgente; trazar los canales de transmisión por los que una crisis geopolítica en el Golfo Pérsico puede convertirse, en cuestión de semanas, en una crisis económica y política con nombre y apellido costarricense.

Costa Rica no produce petróleo. Esta frase, que suena a simple dato geográfico, es en realidad la descripción de una vulnerabilidad estructural que el país ha preferido no mirar de frente durante décadas. El cien por ciento del petróleo que consume Costa Rica es importado. La Refinadora Costarricense de Petróleo (RECOPE) compra crudo en los mercados internacionales y lo distribuye internamente bajo un esquema de precios regulados que administra la Autoridad Reguladora de los Servicios Públicos, la ARESEP.

Cuando el Estrecho de Ormuz se cierra, aunque sea parcialmente o de forma temporal, el mercado no espera a que los diplomáticos lleguen a un acuerdo. Los precios del crudo Brent reaccionan en minutos. En las primeras horas tras el anuncio del bloqueo iraní, las cotizaciones internacionales registraron alzas que los analistas de Bloomberg Energy calificaron como las más abruptas desde la invasión rusa de Ucrania en 2022. Si ese nivel de precios se sostiene durante dos o tres semanas (que es el horizonte temporal más conservador que manejan los expertos ante un cierre de Ormuz), RECOPE enfrentará costos de importación significativamente mayores a los presupuestados para este trimestre.

La cadena de consecuencias es directa y conocida: RECOPE solicita a ARESEP un ajuste extraordinario de tarifas, ARESEP lo tramita bajo presión política y mediática, y en algún punto del proceso (más temprano que tarde) el precio de los combustibles en las bombas costarricenses sube. Ese aumento no es cosmético. En una economía donde el transporte público, el transporte de carga, la agroindustria y la pesca dependen directamente del precio del diésel y la gasolina, un alza sostenida en los combustibles es un impuesto invisible que recae con mayor fuerza sobre los hogares de menores ingresos.

Pero hay un segundo efecto que suele ignorarse en el análisis inmediato: la electricidad. Costa Rica se enorgullece, con razón, de generar más del noventa y cinco por ciento de su electricidad a partir de fuentes renovables. Sin embargo, ese porcentaje no es inmune a los precios del petróleo. Las plantas térmicas que el ICE activa en períodos de sequía o mantenimiento utilizan búnker y diésel. Si los precios de esos insumos se disparan, el costo de generación eléctrica sube, y con él, eventualmente, las tarifas eléctricas. En un año en que el Niño ha reducido los niveles de los embalses hidroeléctricos por debajo del promedio histórico, este escenario no es teórico: es una posibilidad concreta que el ICE y el MINAE deberían estar modelando en este momento.

El cierre de Ormuz no solo afecta al petróleo. Afecta a todo lo que se mueve por barco a través del Océano Índico y el Golfo Pérsico, que es, en términos prácticos, una fracción enorme del comercio global. Las aseguradoras marítimas han elevado las primas de riesgo a niveles que hacen inviable operar en esas rutas sin absorber costos extraordinarios. Eso significa que los fletes suben, que los tiempos de entrega se alargan y que muchos cargamentos simplemente se retrasan o se redirigen por rutas alternativas más largas y costosas.

Para Costa Rica, esto tiene implicaciones concretas en al menos tres sectores. El primero es el de las zonas francas. Las empresas de manufactura avanzada y dispositivos médicos que operan en el país (muchas de ellas con cadenas de suministro que pasan por Asia y el Medio Oriente) pueden enfrentar retrasos en la llegada de insumos críticos. Si esos retrasos se prolongan, algunas líneas de producción podrían ralentizarse, con efectos directos sobre el empleo formal de alta calidad que el país tanto necesita. El segundo sector es el turismo. Los precios del combustible de aviación están directamente ligados al precio del crudo. Si el jet fuel sube de manera sostenida, las aerolíneas ajustan sus tarifas o reducen frecuencias en rutas menos rentables. Costa Rica, que depende del turismo internacional como uno de sus principales generadores de divisas, es vulnerable a cualquier encarecimiento del transporte aéreo que desincentive los viajes de larga distancia.

El tercer sector es el de los bienes de consumo importados. Costa Rica importa una cantidad significativa de productos manufacturados, alimentos procesados, medicamentos y tecnología. Si los costos logísticos globales suben de manera generalizada (como ya ocurrió entre 2021 y 2022 durante la crisis de contenedores post-pandemia), esos aumentos terminan reflejándose en los precios al consumidor. La inflación, que el Banco Central de Costa Rica había logrado contener en niveles razonables durante los últimos dos años, podría recibir un empuje externo que ninguna política monetaria doméstica puede neutralizar por sí sola.

Costa Rica tiene una deuda pública que supera el sesenta por ciento del Producto Interno Bruto. Una parte relevante de esa deuda está denominada en dólares o indexada a tasas de interés internacionales. En un contexto de crisis geopolítica global, los mercados financieros tienden a moverse hacia activos considerados seguros (el dólar estadounidense, los bonos del Tesoro americano) y a alejarse de economías emergentes o en desarrollo. Ese movimiento tiene un nombre técnico: flight to quality. Y sus efectos sobre Costa Rica son predecibles.

Si los inversores internacionales perciben mayor riesgo global, el colón costarricense puede enfrentar presiones devaluadoras. Una depreciación del colón encarece las importaciones (incluyendo los combustibles ya mencionados), aumenta el costo del servicio de la deuda externa y reduce el poder adquisitivo real de los hogares que consumen bienes importados. El Banco Central de Costa Rica tiene instrumentos para intervenir en el mercado cambiario, pero esos instrumentos tienen límites. Las reservas internacionales, aunque en niveles razonables, no son infinitas, y una intervención sostenida para defender el tipo de cambio tiene costos propios.

Hay además un efecto fiscal que merece atención. Si el gobierno costarricense necesita refinanciar deuda en los próximos meses (y lo necesita, porque el perfil de vencimientos de la deuda pública es exigente), lo hará en un entorno de mayor aversión al riesgo global, lo que probablemente implique tasas de interés más altas. Eso significa más recursos del presupuesto nacional destinados al pago de intereses y menos espacio para inversión social, infraestructura o cualquier otra prioridad de política pública. El Ministerio de Hacienda debería estar revisando sus proyecciones fiscales para el segundo semestre con urgencia.

Uno de los activos más valiosos de la política exterior costarricense es el Acuerdo de Asociación entre Centroamérica y la Unión Europea, que regula el acceso preferencial de las exportaciones costarricenses al mercado europeo. Ese acuerdo existe en un contexto político que hoy está bajo una presión inédita. España, Irlanda y Bélgica han exigido formalmente la suspensión del Acuerdo de Asociación UE-Israel por violaciones a las cláusulas de derechos humanos. Alemania guarda silencio. Francia baraja sanciones unilaterales. Europa, en síntesis, está fracturada.

Esa fractura tiene consecuencias para Costa Rica de dos maneras distintas. La primera es directa: si la crisis política interna de la Unión Europea consume la agenda de sus instituciones durante las próximas semanas, los procesos de actualización y profundización del Acuerdo de Asociación con Centroamérica (que estaban avanzando con relativa fluidez) pueden ralentizarse o quedar en un segundo plano. La burocracia europea tiene una capacidad limitada de atención simultánea, y una crisis geopolítica de esta magnitud la absorbe casi por completo.

La segunda consecuencia es más sutil pero igualmente importante: el clima político en Europa está cambiando. La ciudadanía europea, indignada por el alza de precios energéticos derivada del cierre de Ormuz, está dirigiendo su frustración no solo contra los actores del conflicto sino contra sus propios gobiernos. Ese malestar puede traducirse en giros políticos hacia posiciones más proteccionistas, más escépticas del libre comercio y menos favorables a los acuerdos con terceros países. Para Costa Rica, que ha construido buena parte de su modelo de desarrollo sobre la apertura comercial y la atracción de inversión extranjera, cualquier retroceso en el multilateralismo europeo es una mala noticia.

Los mapas de coaliciones que emergen de esta crisis son reveladores. Por un lado, un bloque de apoyo articulado en torno a Irán, China, Rusia, Hezbolá y el llamado Eje de la Resistencia, con Pakistán, Egipto y Catar como actores periféricos que condenan la acción israelí sin comprometerse militarmente. Por otro lado, una coalición de oposición encabezada por Israel y sostenida (con creciente incomodidad) por Estados Unidos, su complejo militar-industrial y algunos aliados europeos que prefieren el silencio a la confrontación. En el centro, un grupo creciente de actores no movilizados o ambivalentes: la prensa internacional, los consumidores globales, los gobiernos que no quieren elegir bando.

Costa Rica ha construido históricamente su política exterior sobre tres pilares: la neutralidad activa, el respeto al derecho internacional y el multilateralismo. Esos pilares están siendo sometidos a una prueba de estrés en este momento. La participación costarricense en la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (la FPNUL) adquiere una dimensión nueva cuando Israel detiene temporalmente a personal de esa misión y la ONU condena la acción sin poder actuar de manera coercitiva. Costa Rica tiene personal y compromiso institucional con esa misión. La Cancillería debe pronunciarse con claridad, no por obligación retórica, sino porque el silencio en este contexto es también una posición política.

Más allá de la FPNUL, Costa Rica tiene una oportunidad (y una responsabilidad) de ejercer liderazgo moral en los foros multilaterales. El país no tiene ejército, no tiene intereses petroleros directos en la región y no tiene compromisos de seguridad que lo aten a ninguno de los bloques en conflicto. Esa independencia, que a veces se percibe como marginalidad, es en realidad un activo diplomático de primer orden en un mundo donde casi todos los actores relevantes están comprometidos con uno u otro bando. Costa Rica puede y debe hablar con una voz que pocos otros países pueden permitirse.

Los análisis geopolíticos tienden a hablar de Estados, de mercados, de índices y de tasas. Pero detrás de cada punto porcentual de inflación hay una familia que llega a fin de mes con menos. Detrás de cada alza en el precio del diésel hay un agricultor de Pérez Zeledón que calcula si le conviene o no sacar su cosecha al mercado. Detrás de cada ajuste tarifario en ARESEP hay un trabajador del sector informal en San José que gasta una proporción mayor de su ingreso en transporte público.

Costa Rica tiene una tasa de pobreza que ronda el veinte por ciento y una desigualdad estructural que los buenos años de crecimiento no han logrado reducir de manera sostenida. En ese contexto, un choque externo de precios (aunque sea transitorio) puede tener efectos sociales desproporcionados sobre los sectores más vulnerables. El Instituto Mixto de Ayuda Social, el IMAS, y el Ministerio de Trabajo deberían estar preparando protocolos de respuesta ante un eventual deterioro del poder adquisitivo de los hogares de menores ingresos. No como ejercicio burocrático, sino como política pública preventiva.

Hay además un efecto sobre el empleo que merece seguimiento. Si las zonas francas ralentizan producción por problemas de suministro, si el turismo cae por el encarecimiento del transporte aéreo, si las exportaciones encuentran mercados más complicados por la turbulencia global, el empleo formal puede resentirse. Costa Rica todavía no ha recuperado plenamente los niveles de empleo pre-pandemia en algunos sectores. Un nuevo choque externo en este momento podría interrumpir una recuperación que aún es frágil.

Frente a un escenario de esta naturaleza, la tentación es la parálisis o el voluntarismo. Ninguna de las dos sirve. Lo que Costa Rica necesita es una agenda de respuesta concreta, pragmática y articulada entre sus instituciones públicas, su sector privado y su sociedad civil. Aquí van algunos elementos de esa agenda.

En materia energética, el gobierno debe activar de inmediato los mecanismos de monitoreo de precios internacionales del petróleo y establecer un protocolo de comunicación pública claro sobre los posibles ajustes tarifarios. La ciudadanía merece saber qué puede pasar y cuándo, no enterarse de los aumentos cuando ya están en la bomba de gasolina. RECOPE debe revisar sus contratos de suministro y explorar si existen márgenes para diversificar proveedores o asegurar precios en el corto plazo mediante instrumentos de cobertura.

En materia comercial, el Ministerio de Comercio Exterior (COMEX) debe hacer un mapeo urgente de las cadenas de suministro de las empresas en zonas francas para identificar vulnerabilidades específicas. No todas las empresas están igualmente expuestas. Algunas tienen proveedores en Asia que pasan por rutas afectadas; otras tienen cadenas más diversificadas. Conocer ese mapa con precisión permite priorizar la asistencia y la comunicación.

En materia fiscal, el Ministerio de Hacienda debe revisar sus proyecciones de ingresos y gastos para el segundo semestre considerando escenarios de mayor inflación, menor crecimiento y condiciones financieras internacionales más restrictivas. Si hay espacio para adelantar algunas emisiones de deuda antes de que las condiciones empeoren, ese espacio debe evaluarse con seriedad.

En materia diplomática, la Cancillería debe articular una posición clara y coherente en los foros multilaterales, basada en los principios históricos de Costa Rica: respeto al derecho internacional, protección de las misiones de paz de la ONU, rechazo a la violencia como instrumento de política exterior y apoyo a soluciones negociadas. Esa posición no es neutral en el sentido de indiferente; es neutral en el sentido de principista. Y en el mundo de hoy, esa distinción importa más que nunca.

En materia social, el gobierno debe activar mecanismos de protección para los hogares más vulnerables ante un eventual choque inflacionario. Eso puede incluir desde transferencias focalizadas hasta revisiones anticipadas del salario mínimo, pasando por acuerdos con el sector de transporte público para evitar traslados automáticos de costos a los usuarios.

Costa Rica abolió su ejército en 1948. Esa decisión, que en su momento fue vista por algunos como una ingenuidad y por otros como un acto de valentía política, se ha convertido con el tiempo en uno de los elementos más definitorios de la identidad nacional y de la proyección internacional del país. En un mundo que se rearma, que construye muros y que elige bandos con urgencia creciente, Costa Rica sigue siendo uno de los pocos lugares donde la apuesta por la paz no es retórica sino constitucional.

Pero la neutralidad no puede ser pasividad. En el contexto de la crisis que se desarrolla en este momento en el Mediterráneo oriental y el Golfo Pérsico, la neutralidad activa significa varias cosas concretas. Significa pronunciarse con claridad cuando el derecho internacional es violado, independientemente de quién lo viole. Significa defender la integridad de las misiones de paz de la ONU cuando son agredidas. Significa no subordinar la política exterior a los intereses de ninguna potencia, ni a los de Washington, ni a los de Pekín, ni a los de Teherán. Y significa, también, preparar al país para absorber los efectos de una crisis que no provocó pero que inevitablemente va a sentir.

Hay algo más que Costa Rica puede hacer, y que a veces subestima: hablar. En los foros de la ONU, en la OEA, en los espacios de diálogo del Sistema de Integración Centroamericana, en los mecanismos de consulta del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, la voz costarricense tiene una credibilidad que pocos países de su tamaño pueden reclamar. Esa credibilidad se construyó durante décadas de coherencia entre el discurso y la práctica. Dilapidarla con el silencio en el momento en que más se necesita sería un error histórico.

El fuego que arde en Ormuz no llegará a Costa Rica en forma de llamas. Llegará en forma de facturas más altas, de empleos más inciertos, de presupuestos más apretados y de decisiones políticas que habrá que tomar con menos margen del que quisiéramos. La pregunta no es si ese fuego llegará. La pregunta es si el país estará preparado para recibirlo con inteligencia, con solidaridad y con la claridad moral que su historia le exige.

Las próximas semanas dirán mucho sobre quiénes somos como sociedad cuando las cosas se complican. Y las cosas, esta vez, se están complicando de verdad.

 

***

No hay comentarios:

El desarrollo. Celso Furtado

"El desarrollo no es sólo un proceso de acumulación y aumento de la productividad macroeconómica, sino principalmente el camino de acceso a formas sociales más aptas para estimular la creatividad humana y responder a las aspiraciones de la colectividad." Celso Furtado