viernes, 16 de enero de 2009

EL ESPEJO

Hablar de ese objeto tan a la mano y la vez tan lejano abre un doble problema óntico.
En primer lugar todo espejo cumple su función reflejante sin la necesidad de que ningún otro ente le determine. En este sentido acusa Tatiana Lobo, en su novela El Año del Laberinto: “(…) En las casas solas lo más siniestro son los espejos inmóviles, reflejando siempre lo mismo, sin rostros que envejezcan, sin muecas de dolor ni gestos vanidosos, sin sonrisas” Efectivamente, un espejo es ante todo siniestro: es familiar y monstruoso. En sí mismo es un oxímoro. Es allí, donde radica su acontecer óntico y nuestra incapacidad ontológica de dar cuenta de él sin sentir ese malestar, esa angustia de inmutabilidad e independencia respecto de su entorno y peor aun de las marcas que en nuestros cuerpos hacen su trabajo y sólo el espejo nos devela. Pues solo gracias a el podemos observarnos el rostro. Solo frente a el somos morales, sin máscaras.
Ahí frente al espejo nace el segundo problema óntico. La conciencia de quien es reflejado. Ese a quien miro en el espejo es efectivamente un cuerpo que muere cada día y en sus pequeñas muertes prepara su partida. Ese a quien miro en el espejo es un cuerpo al que por convención, y un gran acto de fe denomino “yo” (self). Mi mismidad entra en juego frente a él. Pero, el espejo lo mismo que yo juega su opacidad en su acto reflejante. El y yo somos siniestros: familiares y monstruosos.

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