miércoles, 13 de marzo de 2013

Francisco I: ¿qué latinoamericano ha nombrado en cónclave?



Javier Antonio Torres Vindas.
Sociólogo costarricense.
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El nombramiento de Jorge Mario Bergoglio como el Papa 266, autodenominado Francisco I, es primer Papa no europeo desde Gregorio III hace 741 años. Primero de origen latinoamericano, pero de  Sangre europea.  El cual es motivo de controversia. Esto merece, según mi juicio, una reflexión para el debate y toma de postura personal.

Muchos y muchas, especialmente en América Latina, personas sencillas, creyentes, devotas celebran el acontecimiento y ofrecen en lo privado o públicamente sus alegrías y oraciones. Otros no. Sienten su nombramiento con tristeza, con desazón y recelo. Una amiga ex religiosa (más aún creyente católica) me ha escrito en un chateo: “…lo conozco...era el provincial  que arruinó procesos liberadores de la Compañía de Jesús en Argentina… cerró la experiencia de inserción... cerró la universidad a mujeres y a laicos... muchos creen que apoyó la dictadura... ha promovido una pastoral jerárquica, asistencialista y devocional… él es muy inteligente, de mentalidad más europea  que los europeos…es de mentalidad militar …es misógeno y un homofóbico… así es... pero se veía venir... tiene mucho poder y dinero... había quienes rogaban para que Ratzinger no renuncie... pero el mismo Bergoglio y su grupo hace rato venía sugiriendo…así es, muchos creen en Argentina que él entregó a los religiosos desaparecidos en la dictadura de Videla....”

Ante estas dos posturas extremas nace la pregunta ¿qué expresa y condensa la elección de este latinoamericano? Siento que deben asumirse varios corolarios que inviten a la discusión.

En primer lugar, la religión católica como institución social e histórica se rige por un orden jerárquico masculino antes, ahora y en el futuro. Dicha jerarquía puede ser progresista o  retrograda según se analice en su momento histórico. Estas jerarquías amparan sus decisiones en la oración, la lectura de los signos de los tiempos y en la iluminación del Espíritu Santo. La elección del Papa se demarca con un humo blanco y su impostura deviene luego en  inefabilidad pontificia del elegido. Este mecanismo de las altas esferas es inmune a todo intento de cuestionamiento interno y externo a tal institución.


En segundo lugar, en el caso de la Iglesia Católica hay una historia oscura que ha acompañado lo mejor de ella (en tanto religión que dé sentido de vida y esperanza a las personas): muchas veces negada, otras olvidada  y en otras a través de un depurado  mecanismo metafísico se  auto-dispensa de toda culpa [se sabe que ostentan este poder evangélico de perdonar pecados propios y ajenos; además de condenar a propios y extraños].

De hecho en América Latina, desde hace mas de 500 años, una de sus funciones socio-históricas ha sido portar  "la espada y la cruz", cuyo efecto de dominación cultural, política, ética y libidinal se manifiesta de forma “naturalizada” en millones de creyentes latinoamericanos.  Algunos ejemplos de tal dominación cultural-teológica en América Latina han sido y son: exterminio de poblaciones originarias por paganas, tortura, excomuniones, complicidad con golpes de Estado, complicidad con dictaduras, lectura sesgada de derechos humanos que  no reconoció el alma de pueblos originarios, que no reconoce el derecho al aborto y que presenta las relaciones gay-lésbicas como aberraciones contra natura. Todo ello, amparado en  su “poder pastoral” que hace que millones de latinoamericanos sean mantenidos en la  subordinación y subdesarrollo y dependencia ideológica, y por ende, vean con buenos ojos y con corazón sincero, lleno de alegría y renovados la elección de Francisco I.

Tercero, tal “naturalización” celebratoria de este nombramiento se erige en los grandes medios de comunicación que anuncian la emergencia de un papa latinoamericano y obvian u ocultan la escatología propia de este nombramiento. Francisco I expresa y condensa una teología latinoamericana oficialista y de alto clérigo: vivimos en un valle de lágrimas en otra vida nos espera el reino de los cielos. Tal lectura del evangelio o apuesta de lectura hermenéutica –al decir de Juan Luis Segundo-, implanta una esquizofrenia ideológica muy propicia al poder patriarcal, vertical, autoritario y sacrosanto de la Iglesia Católica y otros grupos de poder allegados en América Latina: allá en el cielo seremos felices, plenos e iguales; acá no. En esta vida podemos ser malos, despreciables, autoritarios, malos patronos, etc.,  un minuto antes de morir pedir perdón y ya estas dentro del reino.  Con ello también puedes justificar el hambre de millones, las guerras, los golpes de Estado, bien satanizar  a todos aquello/as "maldito/as" que no comparten esta forma de creer: homosexuales, lesbianas, gente pro aborto, defensores de derechos humanos, ambientalistas, marginales y marginables, victimizables. Poder que reside precisamente en esa capacidad ideológica de su dominación naturalizada.

Hay que decirlo claro, en América Latina “(…) el aparato clerical católico forma parte del sistema de poder y dominación de las formaciones sociales latinoamericanas. En este sentido se asemeja a  los aparatos militares (directamente involucrados en los aparatos  estatales) o a los medios masivos empresariales privados comunicación; pero no es idéntico a ellos. (…) El aparato  clerical enjuicia y es atendido, habla y es escuchado, convoca para  desmovilizar y puede alcanzar éxito, ofrece su mediación como si estuviese por encima de la historia y de sus antagonismos,  condena la violencia (toda, cualquiera) y llama a buscar la verdad, la  paz y a la reconciliación apelando a un bien superior. Y nunca, o casi  nunca, se exige castigo contra él o lo recibe. A su vez la gente no se  siente recibiendo castigo por parte de las iglesias, sino algún tipo de seguridad e incluso experimenta formas de gratitud  hacia ellas, aun a costa de recibir sus sermones y reprimendas.” (Helio Gallardo, América Latina y aparatos clericales).

Cuarto, en definitiva la emergencia de este papa latinoamericano (amigo de Videla, en contra del aborto, de los matrimonios gay-lésbicos y demás posturas autoritarias y paternalistas) lo que hace es evidenciar a una institución con una gran resiliencia a los cambios de la modernidad del siglo XXI, con una grande  capacidad adaptativa hacia otros poderes fácticos del  momento y con un poder cultural e ideológico capaz de “naturalizar”, obviar, olvidar y hasta satanizar cualquier cuestionamiento al carácter regresivo de quien ocupa desde el 13 de marzo del 2013 la silla papal: Jorge Mario Bergoglio o Francisco I.

En definitiva, su nombramiento hace un parte aguas entre católicos y no católicos, entre creyentes y no, entre aquellos que celebran honestamente pero olvidando todas las atrocidades de la Iglesia y del nuevo papa; y aquellos que lo repudian, entristecen y hasta se rasgan las vestiduras, siendo o no “parte del rebaño”.
Es complicado asumir herencia cultural e histórica, de todo/as que hemos nacido en América Latina y cuyos padres, abuelos y muchas generaciones atrás han sido y son católicos. Quizá nuestro impacto, nuestra protesta, nuestra voz  se pequeña pero debemos ser honestos con nosotros mismos: hoy es un día triste para aquello/as que nos queremos creyentes en Jesús de Nazareth y de la posibilidad, de la tarea de un reino de Dios acá en la tierra. Hoy nuevamente cuestionamos nuestra herencia latinoamericana, la de una iglesia autoritaria, vertical, cómplice de crímenes de guerra, celebratoria del rito sacrificial del olvido, la subordinación, la abyección de millones de creyentes latinoamericanos. Sí es fuerte, nombrar a este Jorge Mario Bergoglio Papa. Es celebratorio de la muerte, de la complicidad y de la barbaridad; al menos la acaecida y bendecida por la Iglesia Católica en América Latina desde el siglo XVI al día de hoy.

¿Pero acaso los desesperados no tienen esperanza? Quizá la decisión del cónclave al poner al frente a Jorge Mario Bergoglio sea el anuncio de la irrupción de un tiempo mesiánico –del jetzeit benjaminiano-, de una esperanza sostenida por aquellos y aquellas que parece carecen de ella. Más no debemos caer en gran tristeza, sino pronto buscar formas de afrontarla y luchar a pesar de la adversidad. Como afirmase el poeta costarricense Jorge Debravo:

Hoy no es día de sentarse de espaldas a la vida,
con las manos en cruz y un jesucristo amargo en las rodillas.

Hoy no es día de enclaustrarse en conventos mohosos
ni de cantar canciones de novia abandonada.

Hoy no es día de ponerse a sumar amoros
y a inventariar los sueños y las tristezas viejas.

Hoy es da de correr, con los brazos en alto,
a trabajar la tierra ms feraz y más ancha
y sembrar las semillas de la vida.

Hoy es día de hacer campo para cada muchacho,
para cada muchacha,
para cada hombre joven, sudoroso.

Hoy es día de aserrar millones de cadenas
y día de buscar panes para nutrir hambrientos.

Que los templos se caigan a solas aplastados
por su propia vejez y su fiel condición
de plantas anticuadas.
Que el sacerdote hable, predique en media tierra,
luche al lado del joven, del anciano y del niño.

Hoy es día de arar con arado de fuego
las eras del amor y el entusiasmo.

Hoy es día de arrancar las plantas amargadas,
de arrojarlas al fuego y aventarlas.

Hoy es da de correr como animales dulces
a lo largo del largo camino de la vida.

De correr por la tierra y más allá de ella
y más adentro de ella.

Los santos de este día no han de tener cilicios,
ni ojeras enfermizas, ni músculos de hielo.

Los santos de este día han de ser los mecánicos,
los científicos hondos que apresan el Planeta entre sus manos.

Deben ser los maestros que se hunden paso a paso
en las más escondidas axilas de la tierra.

Que los templos se caigan sobre los sacerdotes
y los cristos manidos que no quieran salir a respirar la vida.

Y que nos venga el Cristo poderoso y enorme
con mano de mecánico y un mapa universal como bandera.


México D.F., 13 de marzo de 2013.

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